Descubierto el Puerto y los Papiros Más Antiguos del Mundo en Egipto

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El puerto artificial -no natural- de Wadi el-Jarf, en Egipto, es hasta la fecha el más antiguo del mundo. Ha sido descubierto por un equipo arqueológico franco-egipcio, que también ha localizado los papiros más antiguos hallados hasta ahora en Egipto. Mohamed Ibrahim, el ministro de Antigüedades egipcio, anunció estos importantes hallazgos el pasado 11 de abril, aunque han sido realizados en los últimos diez años.

El sitio arqueológico de Wadi el-Jarf está situado a orillas del mar Rojo, a 180 kilómetros al sur de la ciudad de Suez. Ha sido localizado en numerosas ocasiones: el egiptólogo británico John Gardner Wilkinson (1797-1875) lo descubrió a comienzos del siglo XIX, y en los años cincuenta del siglo XX fue redescubierto por pilotos franceses destinados en el canal de Suez. Sin embargo, «nadie se dio cuenta que se trataba de un puerto», indica el egiptólogo Pierre Tallet. Tallet, egiptólogo francés de la Universidad París-Sorbona, es el director de la misión arqueológica, en la que también participa la Sociedad Francesa de Egiptología (SFE).

El sitio arqueológico de Ayn Sukhna está situado a 100 kilómetros al norte de Wadi el-Jarf. Fue descubierto en 1999 y desde 2001 ha sido excavado por un equipo de la Universidad París-Sorbona y el Instituto Francés de Arqueología Oriental en El Cairo. «Parece que fue utilizado como puerto desde mediados de la cuarta dinastía, alrededor de 2500 a.C., y durante más de mil años. Las inscripciones rupestres demuestran que el lugar todavía estaba en funcionamiento alrededor de 1450 a.C. Debe su éxito a su proximidad con la capital administrativa de Menfis, que estaba conectada a través de un camino de 120 kilómetros de longitud. Ayn Sukhna, al norte del golfo de Suez, realmente puede ser considerado el puerto de Menfis en el mar Rojo», afirma Pierre Tallet.

«La historia de Wadi el-Jarf es diferente a la de Ayn Sukhna, a pesar de la escasa distancia que hay entre ambos asentamientos. Parece ser que fue ocupado en tiempos más antiguos, a finales de la dinastía III o principios de la IV, alrededor de 2650 a.C., pero tuvo una existencia más corta. Está localizado en la costa egipcia, justo enfrente de la región minera del Sinaí, donde los egipcios extraían cobre y turquesa. Por otro lado, un equipo canadiense ha identificado un embarcadero en el Sinaí, contemporáneo al de Wadi el-Jarf, en el-Markha, cerca de la moderna ciudad de Abu Zenima», explica Tallet.

¿Por qué el puerto de Wadi el-Jarf pasó desapercibido ante los ojos de tantos exploradores? ¿Y qué tiene que ver Ayn Sukhna con Wadi el-Jarf? «Debido a los paralelismos entre Ayn Sukhna y Mersa Gawasis, un tercer puerto faraónico en el mar Rojo, sabemos desde hace diez años cuáles son las características de un puerto faraónico, entre ellas la presencia de galerías talladas en las montañas junto al mar, que servían para almacenar embarcaciones desmontables en el período comprendido entre dos expediciones. La identificación de esta característica en Wadi el-Jarf nos sugirió, desde el comienzo de nuestro trabajo, que el sitio era un antiguo puerto», argumenta Pierre Tallet.

La mayor parte de los restos arqueológicos ha sido descubierta en una zona del terreno que presenta 30 galerías talladas en el lecho rocoso, a unos cinco kilómetros de la costa, donde se almacenaban los barcos desmontados una vez que habían finalizado las expediciones que organizaban los egipcios regularmente hacia el Sinaí. El equipo arqueológico ha encontrado fragmentos de barcos, cuerdas y papiros que se remontan a finales del reinado de Keops. El nombre del faraón aparece inscrito en los bloques de piedra que sellaban las galerías y que datan del año 2650 a.C. La cerámica hallada se remonta al comienzo de la dinastía IV y parece ser que el lugar no fue utilizado más adelante. Los arqueólogos han localizado un embarcadero en forma de "L"  sumergido en la orilla, y al pie del embarcadero han encontrado 25 anclas de época faraónica y cerámica idéntica a la de las galerías, de la dinastía IV. «Todos estos elementos demuestran claramente que se trata del puerto artificial más antiguo del mundo descubierto hasta la fecha, mil años más antiguo que cualquier otra estructura portuaria conocida en el mundo. A unos 200 metros de la costa también hemos descubierto un edificio en el que se habían almacenado 99 anclas de época faraónica, algunos de ellos con inscripciones jeroglíficas que probablemente hacen referencia a los nombres de los barcos», asegura Tallet.
Igual de relevante ha sido el descubrimiento de los papiros más antiguos hallados hasta ahora en Egipto. «Hemos hallado cientos de fragmentos de papiros de diferentes medidas, esparcidos y enterrados en la arena, en la zona de las galerías, aunque la mayoría se localizaban en un mismo lugar, parece ser que fueron desechados cuando el sitio fue abandonado. Están relacionados con el asentamiento y la mayoría son registros que informan del funcionamiento de la administración, del reparto de comida y bebida a los trabajadores. Pero también tenemos fragmentos del diario de un oficial de la dinastía IV, que estaba relacionado con la construcción de la Gran Pirámide de Keops en Gizeh», revela el arqueólogo francés. «Éstos son hasta el momento los papiros escritos más antiguos que se han encontrado en Egipto. En la tumba del canciller Hemaka, en Saqqara, se descubrió un papiro sin inscripciones que se remonta al reinado de Den, el quinto faraón de la dinastía I, aproximadamente en 2900 a.C. Pero hasta el momento sólo hay constancia de tres grandes lotes de papiros del Antiguo Egipto: los de Wadi el-Jarf son claramente los más antiguos, ya que se remontan a finales del reinado de Keops, aproximadamente en 2600 a.C. En cambio, los papiros de Gebelein probablemente se remontan a finales de la dinastía IV, aproximadamente en 2500 a.C., y los de Abusir se remontan a finales de la dinastía V, aproximadamente en 2350 a.C.», puntualiza.

Fuente: nationalgeographic

Capta la Cassini un Huracán Gigante en Saturno

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La nave espacial Cassini de la NASA ha capturado las primeras imágenes cercanas, en alta resolución y en luz visible, de un huracán gigante en el polo norte de Saturno. El ojo de la tormenta tiene aproximadamente 2.000 kilómetros de ancho, 20 veces más grande que uno medio en la Tierra, y en el borde exterior soplan vientos de 150 metros por segundo. El huracán gira dentro del misterioso fenómeno meteorológico de seis lados conocido como el hexágono de Saturno.
 
«Nos fijamos en este vórtice porque se parece mucho a un huracán en la Tierra», afirma Andrew Ingersoll, investigador de la Cassini en el Instituto de Tecnología de California en Pasadena. «Pero está en Saturno, a una escala mucho más grande, y de alguna forma se mantiene en las pequeñas cantidades de vapor de agua de la atmósfera de hidrógeno del planeta».

Los científicos estudian el huracán para conocer mejor los que se producen aquí en la Tierra, que se alimentan de agua caliente del océano. Tanto el huracán terrestre como el de Saturno tienen un ojo central sin nubes o nubes muy bajas, rodeado de una pared de nubes altas y otras que giran en espiral.

Se mantiene quieto

Pero el huracán saturnino es mucho más grande y gira sorprendentemente rápido. El viento sopla cuatro veces más rápido que los vientos huracanados de la Tierra y, a diferencia de los huracanes terrestres, que tienden a moverse hacia al norte, este se mantiene quieto, atascado ya tan al norte como es posible. «El huracán polar no tiene ningún sitio adónde ir, y eso es probablemente por lo que se ha atascado en el polo», dice Kunio Sayanagi, de la Universidad de Hampton, Virginia.

Los científicos creen que la enorme tormenta se ha estado produciendo desde hace años, incluso cuando Cassini llegó al sistema de Saturno en 2004. Pero entonces la nave no pudo ver el fenómeno porque el polo norte estaba a oscuras, en pleno invierno. Solo cuando la luz solar comenzó a inundar el hemisferio norte del planeta hace algunos años fue posible apreciarlo. Para fotografiarlo por fin, la Cassini tuvo que cambiar su órbita, una maniobra complicada que implica sobrevolar Titán, una de las lunas de Saturno, y que requiere años de planificación. 

Fuente: abc

Historia A Través de los Mapas

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Hace 2.300 años, Eratóstenes, director de la Biblioteca de Alejandría, calculó la medida de la circunferencia de la Tierra con una fidelidad extraordinaria. Hoy sabemos que su margen de error fue de apenas unos 400 kilómetros.
Las mediciones del sabio fueron el primer paso para la confección de unos mapas que mostrasen la superficie de nuestro mundo, cuya más antigua representación sistemática debemos a los estudiosos griegos. Geógrafos y astrónomos helenísticos determinaron la forma esférica del planeta, fijaron las nociones del ecuador, los trópicos y los polos, y dividieron el globo en una retícula formada por líneas verticales (los meridianos) y horizontales (los paralelos), estableciendo unas coordenadas geográficas que hoy seguimos utilizando y nos permiten determinar la situación de un punto sobre la superficie terrestre. Quien atrapó el mundo en esa malla cuadriculada fue Tolomeo, otro sabio griego que vivió en Alejandría, capital científica de la Antigüedad, en el siglo II d.C. Los ocho volúme­nes de su Geografía incluían un mapamundi y 26 mapas detallados que constituyen el primer atlas universal de la historia. Pero el declive del Imperio romano de Occidente relegó esta obra excepcional al olvido durante la Edad Media.
La Tierra que Tolomeo había aprisionado en su cuadrícula estaba formada por una vasta masa continental (Europa, Asia y África) que encerra­ba en su interior las aguas del Mediterráneo y el Índico, y estaba bañada por un vasto océano exterior. Y así se seguía imaginando el orbe cuando entre los siglos XIII y XV se elaboraron en Europa unas detalladas cartas náuticas, los portulanos, en las que innumerables líneas rectas unían los puertos situados a orillas del Mediterráneo y los más cercanos de aquel mar exterior. Unas líneas que los navegantes podían seguir gracias a una nueva maravilla: la brújula magnética. Mientras tanto, en el siglo XV, de la Constantinopla amenazada por los turcos había llegado a Europa la Geografía de Tolomeo, que despertó un interés sensacional (fue impresa siete veces entre 1475 y 1500) y espoleó las navegaciones de portugueses y españoles, quienes, deseosos de alcanzar las riquezas y especias asiáticas, se aventuraron en las aguas del océano, unos hacia el este, bordeando África, y los otros hacia el oeste, cruzando el desconocido Atlántico. Así, entre los siglos XV y  XVI aquel mundo cerrado sobre el Mediterráneo abrió sus puertas de par en par, y un nuevo continente surgió de la nada: América. Sus costas, al igual que las de África y las del Asia más lejana, fueron perfilándose en los mapas renacentistas, unidas por líneas rectas como las de los portulanos.
Sin embargo, aquellas líneas que debían orientar a los marinos también podían alejarlos de su destino, porque no tenían en cuenta la curvatura de la Tierra. El holandés Gerard de Kremer (cuyo apellido, «comerciante», latinizó como Mercator) halló la solución a este problema con la proyección que lleva su nombre, ideada para su mapamundi de 1569: en él los meridianos se sitúan a intervalos regulares, pero los paralelos se van aproximando proporcionalmente a medida que se alejan de los polos. La cuadrícula milenaria heredada de los griegos se adaptaba de este modo a la superficie del planeta como una fina piel geométrica, y en ese gigantesco damero los navegantes pudieron moverse con seguridad cuando en 1765 dispusieron del cronómetro, que permitía determinar la longitud geográfica, es decir, la distancia entre un lugar y el meridiano que se tomara como referencia. Ellos dibujaron las costas de los continentes donde exploradores y topógrafos se adentraban para representar con precisión el territorio gracias a nuevos métodos cartográficos e instrumentos de medición, como la triangulación y el teodolito.
Y así empezó a completarse el atlas de la Tierra. Desde principios del siglo XX, los recónditos territorios a los que aún no habían accedido los topógrafos ocuparon su lugar en los mapas gracias a la aviación, y los avances científicos sucedidos sin tregua han permitido cartografiar desde los fondos marinos hasta los vastos espacios interestelares, donde flota una minúscula Tierra cuya superficie sus moradores tardaron más de 2.000 años en dibujar con cierta exactitud.
Desde su fundación hace 125 años, National Geographic Society ha dado testimonio de ese avance en la representación de nuestro orbe; de hecho, la primera fotografía publicada en la revista de la Sociedad fue un novedoso mapa de América del Norte. Pero no solo se cartografía el hoy de nuestro mundo. También podemos representar el ayer: puesta sobre un mapa, la historia se entiende mejor. Así lo ha demostrado la Sociedad con mapas de todas las épocas y todos los ámbitos de estudio: desde los que, elaborados con datos de satélite, dan cuenta de la distribución de los cenotes y las ruinas mayas, hasta los que reflejan los escenarios de la guerra de Secesión estadounidense o los sofisticados mapas que, también construidos con satélite, se están usando para localizar la tumba de Gengis Kan, el conquistador mongol de las estepas. La cartografía es el idioma de la geografía y una de las múltiples voces de la historia, y así lo manifiesta la gran cantidad de mapas de Historia, la última obra con que la Sociedad nos invita a navegar, brújula en mano, por el amplio territorio del pasado.

Fuente: nationalgeographic

Tres Planetas Rocosos Descubiertos en la Zona Habitable de una Estrella

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El telescopio espacial Kepler de la NASA ha descubierto tres planetas que tienen una superficie rocosa como la Tierra en la zona habitable de sus estrellas, es decir, la región donde es posible la presencia de agua líquida. El descubrimiento, anunciado en rueda de prensa por la NASA, refuerza la teoría de que los planetas rocosos son abundantes en la galaxia y, por lo tanto, que la probabilidad de que alguno de ellos sea habitable es elevada.

Los astrónomos no saben todavía si alguno de estos tres planetas es realmente habitable. Dos de ellos orbitan alrededor de Kepler-62, una estrella algo más pequeña y vieja que el Sol situada a unos 900 años luz de la Tierra. Según resultados presentados en la revista Science, uno tiene un diámetro un 61% mayor que la Tierra y una temperatura media superficial de 3 grados centígrados bajo cero. El otro, más pequeño y algo más alejado de su estrella, tiene un diámetro un 41% mayor que la Tierra y una temperatura media de 65 grados bajo cero.

El tercer planeta se encuentra en órbita alrededor de otra estrella, llamada Kepler-69, que es similar al Sol. Tiene un diámetro un 70% mayor que la Tierra y se encuentra a una distancia de su estrella similar a la de Venus respecto al Sol.

Los tres son lo que lo que los astrónomos llaman supertierras, es decir, planetas lo bastante grandes para poderse detectar con los instrumentos de observación astronómica actuales pero lo bastante pequeños para tener una superficie rocosa.

Su descubrimiento supone un hito para la misión del telescopio espacial Kepler, puesto en órbita en el 2009. "Estamos haciendo grandes progresos hacia el objetivo de determinar si planetas como el nuestro son la excepción o la regla", ha declarado William Borucki, astrónomo de la NASA y director científico de la misión.

Kepler observa 170.000 estrellas en busca de aquellas cuya luz mengüe periódicamente y después vuelva a aumentar. Cuando esto ocurre, el equipo científico de la misión analiza si el fenómeno se debe al paso de un planeta que tapa parte de la luz de la estrella o a otra causa. De este modo, el telescopio ha permitido descubrir hasta la fecha 122 planetas extrasolares e identificar más de 2.700 que están pendientes de confirmación.

Los planetas de Kepler-62 presentados ahora son los más pequeños ya confirmados que tienen una superficie rocosa y que se encuentran en la zona habitable de una estrella. Se suman, junto al de Kepler-69, a otros dos planetas posiblemente rocosos descubiertos anteriormente que se encuentran en la zona habitable de su estrella, Gliese 581-d Gliese 667-Cc.

Muchos exoplanetas
Las nuevas observaciones "demuestran que los exoplanetas son muy abundantes, incluidos planetas pequeños en órbitas lejanas y por lo tanto con temperaturas templadas", destaca el astrónomo Ignasi Ribas, especialista en planetas extrasolares del Institut de Ciències de l’Espai (IEEC-CSIC). "Se va confirmando que las probabilidades de encontrar gemelos de la Tierra son altas".

Según los resultados de la investigación presentados en Science, la masa de la estrella Kepler-62 equivale a un 69% de la del Sol. Su edad ronda los 7.000 millones de años, frente a los 4.570 millones que tiene el Sol. Si alguna de las dos supertierras es habitable, por lo tanto, la vida habrá tenido tiempo suficiente para aparecer y evolucionar.

Sin embargo, el telescopio Kepler no observa directamente los planetas que descubre, sino que permite deducir su existencia por los efectos que tienen sobre la luz de su estrella. Por lo tanto, los astrónomos no saben todavía si las nuevas supertierras tienen en su superficie y su atmósfera moléculas adecuadas para la vida, como agua dióxido de carbono y nitrógeno. Próximos telescopios espaciales, así como investigaciones realizadas con telescopios terrestres, observarán directamente planetas descubiertos en zonas habitables para comprobar si alguno es habitable o incluso está habitado.

Fuente: lavanguardia

Fascinación Por Egipto

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Los recientes descubrimientos en Egipto han hecho remontar en el tiempo el registro de su civilización más allá de la construcción de las pirámides», publicaba National Geographic en el primer artículo que dedicó a la tierra de los faraones.
Corría el mes de noviembre de 1901, y el texto daba a conocer el trabajo de William Flinders Petrie en Abydos, donde el arqueólogo británico investigó, entre 1899 y 1904, trece tumbas reales correspondientes a los últimos predinásticos y a las  I y II dinastías. Desde la publicación de aquel temprano artículo sobre Egipto, las páginas de la revista han informado a lectores de todo el mundo sobre los descubrimientos que se han sucedido en el país del Nilo, en varios casos fruto de proyectos respaldados por la misma Sociedad.
El trabajo de los egiptólogos ha experimentado grandes cambios desde las excavaciones de Petrie. La alimentación, por ejemplo, es hoy mucho más variada: ya no se reduce a las latas, a menudo caducadas, que aquel ofrecía a quienes lo visitaban en el yacimiento arqueológico; aunque la arena, hoy como entonces, sigue posándose sobre los alimentos que uno se lleva a la boca cuando está al aire libre. Por supuesto, también ha cambiado la tecnología de que disponen los científicos. Pero sobre todo ha cambiado la relación de los egiptólogos con el país donde desarrollan su labor, y el propio sentido de esta.
 
Durante más de 40 años, Petrie trabajó según un sistema que permitía a los arqueólogos quedarse con una parte de sus hallazgos, piezas que finalmente iban a parar a manos de los mecenas privados o las instituciones que esperaban recibir hermosas obras de arte a cambio de su aportación pecuniaria. Pero en 1922 Egipto dejó de ser un protectorado británico para convertirse en Estado independiente, y en adelante pasó a ejercer el control de las antigüedades. Todas las excavaciones estarían bajo la supervisión de la Administración egipcia, y todos los hallazgos pertenecerían a Egipto y permanecerían en el país, salvo en los casos en que las autoridades decidieran hacer una excepción.
Si la independencia de Egipto contribuyó a poner fin al expolio del rico pasado faraónico, la arqueología comenzó a moverse en la misma dirección: su propósito ya no era cobrar piezas extraordinarias, sino reconstruir la historia en todas sus dimensiones, desde los aspectos más modestos de la vida cotidiana hasta los gloriosos reinados de los soberanos. Para ello podían resultar decisivos simples fragmentos de cerámica, una humilde fuente de información que al metódico Petrie le permitió fijar la cronología anterior a la era de las pirámides. Ahora los arqueólogos estaban al frente de equipos que documentaban meticulosamente cada uno de sus pasos, puesto que la excavación de un yacimiento supone, en la práctica, su desaparición. Pionero en esta labor fue Howard Carter, quien dedicó diez años a excavar la tumba de Tutankamón y a documentar sus hallazgos con extrema minuciosidad.

National Geographic Society ha prestado un apoyo decidido a esta concepción de la arqueolo­gía, perfectamente compatible con el escalofrío de emoción que suscitan los grandes descubrimientos. Así, en 1998 ofreció las páginas del magazine a Kent R. Weeks, profesor de la Universidad Americana de El Cairo, para que relata­ra su apasionante experiencia con la tumba KV5, en el Valle de los Reyes. En 1825 ya había visitado la sepultura el viajero inglés James Burton, quien cavó un túnel hasta las tres primeras cá­­maras, y posteriormente la examinaron Carl Richard Lepsius y el propio Howard Carter en 1902, aunque este consideró que no contenía nada de importancia. Posteriormente su entrada desapareció bajo los escombros y el lodo, pero la tumba no cayó en el olvido. Weeks, que había promovido el proyecto de cartografiar el conjunto funerario del Valle de los Reyes y trazar las plantas de sus tumbas, se dispuso a localizarla y excavarla. En 1989 halló la entrada de la que es la mayor tumba jamás construida en la necrópolis tebana: el gigantesco mausoleo subterráneo destinado a acoger los restos de los hijos del faraón Ramsés II, donde ya se han despejado más de un centenar de cámaras y corredores de los más de 200 que podría llegar a tener.
La informática, una herramienta que ha pasado a ser fundamental en la labor cartográfica de Weeks, permitió a Ray Winfield Smith acometer desde 1966 un proyecto pionero en su género, auspiciado por la Universidad de Pennsylvania e IBM: la reconstrucción virtual de los templos que el rey Ajnatón levantó en Karnak a su dios Atón. Los recintos habían sido desmantelados por los soberanos posteriores, que restauraron el culto tradicional de Amón, y sus bloques de pie­dra se utilizaron para otras construcciones. Pero nosotros podemos contemplar esos templos desaparecidos después de que un ordenador ensamblara las fotografías de unos 35.000 fragmentos de piedra en un rompecabezas colosal. Así lo explicaba el mismo R. W. Smith en la revista de noviembre de 1970: «Mediante las fo­­tografías de los rostros esculpidos en estos bloques, y la ayuda de un ordenador, hemos hecho coincidir miles de piedras y hemos visto cómo soberbias obras de arte cobraban forma de nuevo después de miles de años desvanecidas».

Si la Sociedad contribuye a recuperar, estudiar y dar a conocer lo que desapareció, también ayuda a conservar lo que aún perdura. En 1966 y 1969, las fotografías de George Gerster publicadas en la revista dieron testimonio del más hercúleo esfuerzo nunca puesto en marcha para preservar el legado de la historia: el traslado de los dos templos que Ramsés II excavó en Abu Simbel, a fin de evitar que quedaran sumergidos por el lago que debía formar la nueva presa de Asuán. En la actualidad, la prioridad máxima es la conservación: en 1987 la Sociedad contribuyó a confirmar la existencia de una segunda barca solar enterrada junto a la pirámide del faraón Keops en Gizeh. Tras su localización, la cámara fue sellada y permaneció sepultada hasta 2012, cuando pudo empezar a excavarse con seguridad. Gracias a investigaciones como esta conocemos cada vez mejor el Egipto faraónico. Un conocimiento que National Geographic pone al alcance de todos los lectores con su nueva colección Historia, la más fascinante ventana que hoy se abre al pasado.

Fuente: nationalgeographic

Capta el Hubble una Impresionante Imagen de Cabeza de Caballo

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La icónica nebulosa Cabeza de Caballo ha aparecido en los libros de astronomía desde su descubrimiento hace más de un siglo. Su espectacular aspecto, como si fuera un colosal caballito de mar en un turbulento océano de polvo y gas, la ha convertido en uno de los blancos favoritos de astrónomos profesionales y aficionados. Ahora, el telescopio espacial Hubble de la NASA y la Agencia Espacial Europea (ESA) la ha fotografiado bajo una nueva luz, en infrarrojos, y el resultado no puede ser más impresionante. La imagen conmemora el 23 aniversario del lanzamiento del famoso observatorio a bordo del transbordador espacial Discovery el 24 de abril de 1990.
Cabeza de caballo es oscura en luz visible, pero parece ser transparente y etérea cuando se la ve en longitudes de onda infrarrojas, ya que pueden penetrar a través del material polvoriento que normalmente oscurece las regiones internas de la nebulosa. El resultado es una estructura bastante etérea y de aspecto frágil, hecha de delicados pliegues de gas, muy diferente de la apariencia de la nebulosa en luz visible. El rico tapiz de la estructura espacial sobresale en el contexto de estrellas de la Vía Láctea y galaxias distantes, fácilmente visibles a la luz infrarroja.

En la nube de Orión

La nebulosa es parte de la nube molecular de Orión, situada a unos 1.500 años luz de distancia de la Tierra en la constelación de Orión. La nube también contiene otros objetos conocidos como la Gran Nebulosa de Orión (M42), la Nebulosa de la Llama, y el bucle de Barnard. Es una de las regiones más cercanas y más fácilmente fotografiadas en las que se están formando estrellas masivas. Los astrónomos estiman que a la formación todavía le quedan unos cinco millones de años antes de que se desintegre completamente.
Desde hace dos décadas, el telescopio Hubble permanece en la vanguardia de la ciencia y ha obtenido muchas de las fotos más bellas que conocemos del Universo. Durante ese tiempo, ha recibido una serie de actualizaciones, como la incorporación de la cámara de alta resolución Wide Field Camera 3 en 2009, que es la que ha obtenido el nuevo retrato de Cabeza de Caballo.
Los astrónomos señalan que la sensibilidad infrarroja y la resolución sin precedentes del Hubble ofrecen una pista de lo que vamos a ser capaces de lograr con el próximo telescopio espacial James Webb, cuyo lanzamiento está programado para 2018 y que será el mejor instrumento de observación que la humanidad haya puesto jamás en el espacio.

Fuente: abc

CURIOSIDADES: Qué Diferencia Hay entre un Quásar y un Pulsar

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Aunque sus nombres pueden parecer similares, se trata de objetos celestes muy distintos.

Un Pulsar (o estrella pulsante) es una estrella de neutrones que gira a gran velocidad, es el resto de una explosión supernova. 

Su campo magnético es muy potente, dispara chorros de radiación que atraviesan el espacio como los rayos de un faro.

Cuando se alinean con la Tierra los vemos como explosiones rápidas y repetidas de luz, ondas de radio y otras radiaciones.

Un Quásar (fuente de radio casi estelar) es una galaxia distante con luz fluctuante y otras radiaciones que salen de su centro. 

La actividad de estas galaxias se debe a la presencia de un agujero negro gigante en su centro que tira del material que hay alrededor, desgarrándolo y calentándolo a temperaturas extremadamente altas antes de tragárselo.
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